La política mexicana vuelve a exhibir uno de sus rostros más incómodos: la incongruencia disfrazada de diálogo. La reciente reunión de Andrea Chávez con el movimiento familiar católico cristiano en Chihuahua no es un gesto de apertura, sino una muestra evidente de oportunismo político.
No estamos ante un ejercicio genuino de diálogo entre posturas distintas. Estamos frente a una escena cuidadosamente calculada. Por un lado, una figura pública que ha respaldado posturas a favor del aborto; por el otro, un movimiento que basa su identidad en principios cristianos donde la defensa de la vida es innegociable. La contradicción no es menor, es central.
La presencia de Andrea Chávez en este espacio no busca construir puentes ideológicos, sino ampliar terreno político. En tiempos donde cada sector representa votos potenciales, la coherencia pasa a segundo plano y lo que importa es la imagen, la fotografía, el momento que pueda capitalizarse.
Pero este tipo de movimientos no fortalecen la política, la degradan. Porque una cosa es sostener un diálogo transparente desde la diferencia, y otra muy distinta es simular afinidad donde claramente no la hay. Eso no es inclusión, es cálculo.
El problema no es que existan posturas distintas —eso es natural en una democracia—, sino que se pretenda navegar entre ellas sin asumir el costo de la congruencia. Hoy se está con unos, mañana con otros, y al final, con nadie realmente.
En un contexto donde la ciudadanía exige claridad y firmeza, estos actos terminan confirmando lo que muchos sospechan: para ciertos perfiles políticos, los principios no son guía, son herramienta. Y cuando dejan de servir, simplemente se acomodan.








