México volvió a despertar bajo la sombra del narcotráfico, pero esta vez el impacto llegó hasta las aulas. La violencia provocada tras los recientes hechos relacionados con el crimen organizado obligó a suspender clases en múltiples estados del país, evidenciando que ni los niños están a salvo en un país donde el narco dicta el ritmo de la vida cotidiana.
Gobiernos estatales, en lugar de garantizar seguridad, optaron por lo único que parece quedarles: cerrar escuelas y pedir a estudiantes que se queden en casa. Estados como Jalisco, Michoacán, Colima, Oaxaca, Nayarit y Querétaro confirmaron la suspensión total de clases presenciales como medida preventiva ante el clima de violencia que azota al país.
La situación es tan grave que incluso universidades como la UNAM suspendieron actividades presenciales en algunas sedes, mientras que entidades como Baja California y Zacatecas tuvieron que recurrir a clases a distancia, en un intento desesperado por proteger a estudiantes del caos que el propio Estado ha sido incapaz de controlar.
El mensaje es devastador: en México, el narcotráfico no solo controla territorios, también paraliza la educación. Mientras el gobierno intenta minimizar la crisis, la realidad es clara: cuando el narco se mueve, el país entero se detiene.
Las aulas vacías son el símbolo más claro de un país donde la autoridad institucional ha sido desplazada por el poder de la violencia. Hoy, el miedo sustituye al aprendizaje, y el narcotráfico demuestra, una vez más, quién tiene el verdadero control.








