México acaba de superar a Venezuela y se consolidó como el principal proveedor de petróleo de Cuba, enviando en 2025 un promedio de 12 284 barriles diarios, lo que equivale a casi 44 % del crudo que importa la isla, según un análisis internacional.
Este cambio ocurre en un contexto de caída abrupta de los envíos venezolanos, que disminuyeron notablemente, y sitúa a México en una posición geopolítica delicada: apoyar a un régimen comunista bajo sanciones internacionales y hacerlo en medio de tensiones con Estados Unidos.
La medida ha generado reacción en Washington, donde líderes políticos expresan preocupación y advierten que la política petrolera mexicana podría ir en contra de los objetivos de presión sobre Cuba impuestos desde ese país.
Mientras el país enfrenta problemas económicos y energéticos propios, y la producción de Pemex no levanta, el gobierno federal ha apostado por fortalecer vínculos con un régimen cuestionado, priorizando relaciones diplomáticas antes que la estabilidad interna o la coherencia en política exterior.
Críticos señalan que esta estrategia coloca a México en un juego peligroso, donde la soberanía sería excusa para sostener a un gobierno con historial de violaciones a derechos humanos y problemas económicos crónicos.








