En medio de tensiones internacionales y críticas desde Estados Unidos, el gobierno mexicano autorizó que Pemex enviara 80,000 barriles de petróleo a Cuba en plena crisis energética de la isla, un movimiento que ha metido a México de lleno en una pugna geopolítica entre Washington y La Habana, aún cuando esas decisiones cuestan millones y pueden repercutir en la economía y en la soberanía energética mexicana.
Los dos buques con bandera internacional partieron desde la terminal de Pajaritos, Veracruz, con crudo que, lejos de resolver necesidades internas, se destina a un país con el que las relaciones diplomáticas tensas con Estados Unidos complican aún más la política exterior mexicana. Estados Unidos observa con recelo cualquier apoyo que fortalezca a gobiernos aliados de Venezuela y Cuba, lo que pone a México en una delicada posición diplomática.
Este envío se produce justo cuando la administración de Claudia Sheinbaum ha defendido públicamente su postura ante foros internacionales, pidiendo soluciones pacíficas a crisis regionales mientras su propio país toma decisiones energéticas que abonan a la fricción con Washington. El resultado es un doble juego diplomático y una política exterior que parece priorizar gestos políticos sobre intereses nacionales claros, mientras la petrolera estatal sigue en crisis productiva y con deuda elevada.
Críticos argumentan que estos movimientos de Pemex, lejos de ser “humanitarios”, podrían estar utilizando recursos públicos para favorecer agendas que no necesariamente benefician a los mexicanos, y que las repercusiones políticas y económicas de estas decisiones podrían sentirse más allá del Caribe, incluso afectando acuerdos comerciales y la relación con socios estratégicos como Estados Unidos








