Una vez más, una obra del gobierno se convierte en un símbolo del fracaso en la gestión de infraestructura y seguridad: el tren del Interoceánico descarriló en Nizanda, Oaxaca, dejando pasajeros heridos y evidenciando que las grandes inversiones en proyectos faraónicos no garantizan ni la seguridad mínima ni la eficacia operativa que prometen las autoridades.
Mientras el gobierno presume megaproyectos como el Tren Maya o el Interoceánico con bombos y platillos, la realidad en terreno es otra. El descarrilamiento de este tren —que fue promocionado como motor de desarrollo regional y conectividad— expone cómo estas obras no han sido acompañadas de supervisión, inversiones reales en seguridad ni mantenimiento adecuado, poniendo en riesgo a los propios usuarios.
La Secretaría de Marina (SEMAR), encargada de brindar atención tras el incidente, atendió a los pasajeros heridos, pero eso no responde a la pregunta fundamental: ¿por qué un tren que costó miles de millones no puede circular de forma segura? ¿Por qué no hay protocolos que prevengan estos accidentes? Para muchos ciudadanos la respuesta es evidente: porque estos proyectos sirven más para propaganda, discursos y fotos políticas que para resolver los problemas estructurales que afectan al país.
Este nuevo accidente ocurre justo cuando la narrativa oficial sigue empujando la idea de que “las grandes obras son la solución”, cuando en los hechos ponen en riesgo vidas y no cumplen con estándares básicos de seguridad e inversión responsable. México sigue pagando el costo real de decisiones mal planeadas, mientras el discurso de grandeza sigue intacto.








