Mientras el mundo reconoce con el Nobel de la Paz a María Corina Machado, una figura clave de la oposición venezolana que representa la lucha contra la dictadura y por la libertad en su país, Nicolás Maduro decidió premiarse a sí mismo con un galardón denominado “Arquitecto de la Paz”, en una maniobra que muchos califican como un intento de lavado de imagen internacional y auto-legitimación política.
Este exhibicionismo mediático llega justo cuando millones de venezolanos continúan padeciendo la peor crisis humanitaria de la región: escasez de alimentos y medicinas, colapso económico y violaciones sistemáticas de derechos humanos. En lugar de atender las urgencias reales de su pueblo, Maduro opta por celebrar un reconocimiento que él mismo otorga —un acto de propaganda interna y externa que suena más a burla que a reconciliación.
El contraste es devastador: mientras voces de la sociedad civil como Machado subrayan la necesidad de justicia, democracia y respeto a los derechos, el régimen responde con medallas autoadjudicadas y discursos vacíos. No es casualidad: cuando un gobierno premia su propia versión de paz, lo que realmente exhibe es su incapacidad y su desesperación por dominar la narrativa pública sobre su propio fracaso








